18 de enero de 2021

24 veces te quiero.

Empieza el amor sin previo aviso. Chispa que salta, viajante introspectiva. Queda ahí sujeto, preciso, anclado.

Entonces aparece un primer "tequiero" en mis labios. Así, irrompible, inseparable, que mejora el silencio que nos habita. Un primer "tequiero" que fue mío en inicio pero que ya te pertenece y en tu pecho arraiga, pervive, sujeta.

Y de la mano, una rosa roja, dos rosas rojas, tres, cuatro, cinco, seis... once rosas rojas. Una rosa blanca. Veintitrés rosas rojas. Dos rosas blancas. Flores que me disparan tu sonrisa y tu mirada con certera puntería. Desarmado, entonces. Bandera blanca. Me rindo. Eres mi causa y consecuencia. Y todo así, despreocupada. En ti no parece hallarse intención, ni prisa; en mí, todo es bullicio. 

No sabíamos nada, porque nada hicimos sabiéndolo todo. Ayer. Hoy. Mañana.

Te quiero tanto.

24 veces te quiero. 

18 de enero de 1997.
18 de enero de 2021.

Dos rosas blancas.

31 de octubre de 2020

Sobre octubre, el fútbol y sobre ti, mi Samuel.

El otro día, mientras hablábamos camino al cole, en el coche, mi mediano, mi Martín, reflexionó en voz alta:
- Papá, si Samuel viniera también al cole tendríamos un lío.
- ¿Si el hermano estuviera vivo?
- Sí, porque en el coche no cabemos. 
- Pues Samuel iría delante - saltó Paola. - ¿No, papá?
- Sí, claro, Samuel sería el mayor, con 10 años, y tendría que ir delante porque si están todos los asientos de atrás ocupados, el hermano mayor puede ir delante.

Pistoletazo de salida a la imaginación. Vuelo. Trazo. Dibujo realidades en el aire que no fueron, un octubre de 2020 paralelo, un mundo de fantasía... precioso, bello, perfección absoluta. Sin embargo, aquella estampa de irrealidad estaba, además, incompleta; faltaba en aquella película rodada en mi cabeza un detalle importante: la carita de Samuel. 

La muerte de tu hijo te roba el futuro y con él mucho presente que aún no ha llegado. Samuel murió con dos meses y medio y ahí quedó su carita de bebé risueño para siempre en mi memoria. Una carita tan bonita y expresiva como inmodificable. Ese es mi Samuel. Inconscientemente, cuando pienso en él, cuando vivo su vida en mí, lo sigo meciendo en mis brazos. La muerte te roba el futuro porque la muerte fotografía momentos para siempre. Y eterniza recuerdos estáticos en la memoria. Las personas que solo recuerdas no envejecen. Y ahí quedan en ti. Y así quedó mi hijo en mí. Con dos meses y medios, con El señor don Gato de banda sonora, con su aroma a Nenuco recién duchado, en su columpio meciéndose y con un ajó en sus labios.

Y permaneció impasible, en suspensión. Recuerdos que no se crearon y desde entonces flotan sin dueño a la espera de unos ojos donde parasitar, recuerdos, no obstante, que quedaron por venir (Martín Lucía dixit). Octubre se vestía con ropa prestada de tristeza, de melancolía, de impotencia, de rabia y enfado.

Pero octubre siempre supo a alegría, a buena nueva, a vida en crecimiento. Y siempre, incluso los octubres sin ti, cobijaron bonitos recuerdos aun bañados de necesaria nostalgia. 

Y así terminó. El domingo pasado, en Tomares, frente al Camino Viejo, pude reponer un poco de esa tristeza gastada y transformarla en bendita alegría. Un gol de este muy veterano pero peterpanesco futbolista que sigue paseando esta bendita ilusión y enfermedad con la mayor honradez y dignidad que puede, luchando cada ratito con mi corazón (y el tuyo) en mi mano, disfrutando cada momento que la vida y el verde me regala. Un golito por ti y para ti, enano. Y una recarga plena para mí. Y que venga la vida, con sus octubres, con sus diciembres, con sus junios, con sus febreros, con sus septiembres también. Que aquí la espero.

Once años después de que llenaras todos los lugares que desde entonces pisamos vino la vida y... la viví. Como tú me enseñaste a hacerlo. 

Lunes 26 de octubre de 2020

10 de septiembre de 2020

Diez años del día 10.

Hoy me apetece contar cómo fue aquel verano compartido. 

El 25 de junio nació Samuel, 2010 era el año. Estuvimos ingresados en el Hospital Macarena unos 4 ó 5 días, hasta que los médicos vieron el momento de trasladarlo a la UCI de Neonatos del Hospital Virgen del Rocío. El traslado fue al mediodía, en ambulancia él, yo en coche, con mi hermano, persiguiéndola por calle Torneo, Arjona, Paseo Colón, Las Delicias, La Palmera y girando a la izquierda hacia el Hospital. Recuerdo aquella persecución con mi hermano perfectamente. Puedo revivirla sin problemas. Recuerdo, sobre todo, mi intranquilidad y los silencios. Samuel en la ambulancia, bien cuidado claro, pero separado de mí. ¿Qué nos esperaba?

La UCI del Virgen del Rocío estaba llena de grandísimos profesionales, desde enfermeras y auxiliares a médicos. El plan era ponerle su medicación diaria, ver que Samuel respondía con estabilidad en sus constantes, plantear con el cirujano el momento óptimo de la operación y el camino hacia ella, y marcharnos a casa. Y así fue. Unos días después, supongo que unos 8 ó 10 tras el ingreso, nos fuimos a casa. 

Ya solo teníamos un plan: disfrutar de Samuel, claro, pero sobre todo que Samuel disfrutara de sus padres. Ofrecerle nuestra mejor versión. Merecía más que nadie unos padres felices y plenos. Fue una gran decisión. Era principios de un julio muy caluroso, muy parecido al de este año. Nos puteó aquello. Pasamos muchos días encerrados saliendo solo rondando la medianoche, buscando el fresquito que nunca aparecía. Claro que hubo momentos de agobio. Muchos. Todos tenían que ver con el miedo y la incertidumbre que nos acecharía. Pero también hubo mucha normalidad, muchas sonrisas, mucha felicidad.

La segunda quincena de agosto vino con nubes menos claras, con monstruos acechando en el armario, esperando momentos de debilidad. Volvimos al hospital. Samuel fue ingresado, en planta primero, y en UCI después. La mañana del 1 de septiembre sería la operación. Todo estaba hablado y preparado. No era el plan inicial, era pronto para operar, sobre todo por el poco peso de Samuel, pero ya era muy peligroso retrasar el día de la intervención, porque por mucho que fuese retrasada no ganaría peso suficiente que diera más posibilidades de éxito en quirófano. Sin embargo, no pudo ser. El día 1 amaneció Samuel con fiebre y no se daban por tanto las condiciones idóneas, así que se retrasó todo. Sin fecha en principio, quedó finalmente planificada para el día 8.

El calendario no entiende de nada. Sigue su curso siempre, de manera constante e imperturbable. Eso dicen. Aquella semana, sin embargo, parecía que no corría ningún reloj, que las hojas del calendario se agarraban a la pared sin intención alguna de morir arrancadas. Era temor de que alguna fiebre nueva apareciera o cualquier otro síntoma que no permitiera la intervención, que no ofreciera la oportunidad a nuestro hijo de que su corazón fuera corregido para siempre. Afortunadamente, todo fue relativamente bien. El día 8 llegamos temprano al Hospital para dar un besito a Samuel antes de su entrada en quirófano y para recoger nuestra dosis positiva, para recoger ánimos, fuerza y paciencia. Porque teníamos miedo. Miedo e impotencia. Pánico a lo incontrolable, a lo que no está en tus manos. 

La operación duraría aproximadamente 5 horas, pero no fue así. Se alargó eternamente. Fueron unas 8 ó 9 horas en quirófano, sin noticia alguna, hasta que fuimos llamados. Me temblaban las piernas subiendo la escalera. Me agarraba fuerte a la mano de mi mujer, sintiendo que de su mano no podríamos recibir malas noticias. Mi mujer, mi amor, mi escudo. El doctor nos explicó las complicaciones: tras corregir la malformación, tras volver a conectar todo y permitir de nuevo que la sangre circulara por el corazón reformado, todo "se rompió" lamentablemente. Por decirlo vulgar y literalmente;  saltaron las costuras. Tuvieron entonces que reoperar a Samuel. Empezar de nuevo. Vaciar el corazón de sangre, descoserlo y volverlo a coser. Samuel resistió. Samuel tenía los cojones muy gordos y muchas ganas de vivir. 

El posoperatorio fue bien. Muy bien, incluso. El cirujano, el doctor Hosseinpour, salió a buscarnos para contarnos las buenas noticias: habían incluso quitado algunas medicinas a Samuel, que ya era capaz de ir respondiendo solo, sin ayuda de fármacos. Mi mujer y yo cenamos esa noche tranquilamente en el Sloopy de Reina Mercedes. Cansados. Con felicidad contenida. Una cena de charla y miradas. De caricias. De manos entrelazadas. De sonrisas tímidas. No era felicidad definitiva, simplemente vivíamos el momento.

El día siguiente, 9 de septiembre, llegamos de nuevo temprano, para la primera visita de UCI. Allí empezamos a notar situaciones raras. Volvían medicinas que ya habían sido quitadas. Volvían pitidos, luces intermitentes, médicos intranquilos, enfermeras con gesto serio ante nuestra necesidad de saber. No encontrábamos miradas cómplices en aquellos ojos huidizos de quien intuye más de lo que debe decir. El día fue duro. Muy duro. Porque era ese día en el que ves que todo se desmorona, y ni quieres creértelo ni puedes hacer nada. Por la noche, una doctora que hacía guardia nos dijo que la situación estaba realmente complicada, que nos fuéramos a casa, pero que no apagáramos el móvil. Aquella frase fue un puñal directo. Fue una noche larga, de mucho techo, de mucho reloj de mesita de noche. 

Cuando llegamos el día 10, tal día como hoy hace 10 años, nos encontramos por el camino al Dr. Hosseinpour. No se explicaba qué estaba pasando y quedó en que nos daría una explicación cuando la tuviera. Mientras... el día pasaba. Teníamos cada vez más seguridad y menos esperanza. Y en la visita del mediodía llegó la certeza. A Samuel le habían puesto un calentador de aire. La experiencia nos decía que era el último paso antes de la muerte. Además, mientras estábamos con él, saltaron todas las luces y alarmas de sus máquinas. Nos sacaron de la UCI, consiguieron estabilizarlo y un doctor nos llamó a su despacho: "Samuel no va a salir de esta". Frase literal. Solo logré preguntarle si podríamos donar algún órgano. Hubiera sido maravilloso para nosotros. Pero tampoco pudo ser. Le dimos las gracias y salimos a abrazarnos con nuestra familia. Al rato hablamos con el docto Hosseinpour largo y tendido. Nos contó que Samuel tenía una segunda cardiopatía, camuflada en los síntomas de la primera, una cardiopatía por sí misma muy grave y mortal. Y nos puso en el camino correcto para la remontada. Ya solo quedaba que la vela se apagara, que su corazón dijera basta.

Y así fue. Samuel nació el viernes 25 de junio a mediodía y murió el viernes 10 de septiembre de 2010 a mediodía. Once semanas exactas. Una vida resumida en 77 días. ¡Cuánta injusticia! Llanto, rabia, dolor, tristeza, nostalgia, orgullo, todo envuelto en un amor que crecía casi sin darnos cuenta.

Fuimos tremendamente felices con él y estuvimos a la altura de lo que la situación requería. Gracias, siempre, a nuestra gente necesaria. Y en parte también, por supuesto, a cada mensaje de ánimo, a cada gesto de cariño recibido. Todo sumó mucho. Todo fue muy valioso. 

Samuel nos hizo diferentes, mejores, y nos dio mucho en qué pensar. Espero pasear conmigo, siempre, dignamente, su memoria.

Sé que vivirá siempre que alguien lo recuerde. Y ese, solo ese, es el sentido de estas líneas: que siga viviendo en mí y en cada uno de vosotros.

Disfruten, amen y sientan. No hay más.


Jueves 10 de septiembre de 2020


14 de agosto de 2020

Paola 9.

Nueve años cumples ya, rubia mía.

El otro día, cuando fuimos al supermercado juntos, mientras pasábamos la compra por la caja, la cajera del supermercado te miró, me miró después, y dijo: “¡qué linda es!”

Me quedé pensativo, una milésima de segundo, y henchido de amor, también. Y de orgullo. Y pleno. Y pensé después, mientras conducía hacia casa, que sí. Que tienes esa capacidad de hacer tangible lo intangible. Que tu lindeza se ve. La trabajadora no se refería solo a tu carita linda (más bien a tus ojos, lo único que huyen de la mascarilla), eran tus preguntas, tu forma de hablarme, de escucharme y atenderme, tu manera de hacer. A esa lindeza se refería. Una lindeza palpable. Aquella mujer tuvo la necesidad de decírmelo. 
Sigue así, hija mía. Deja que la gente vea tu lindeza. Deja que los que te amamos y rodeamos disfrutemos de ti, seamos mejores cuando estamos contigo. 

Felicidades, Paola. Que te quiero yo a ti un millón...

1 de agosto de 2020

Martín 6.

¡Feliz cumpleaños, hijo mío!

Que ese amor que tú nos regalas, que ese abrazo espontáneo con el que nos proteges, que esas carreras para vernos cuando llegamos a casa, sigan naciendo eternamente de ese corazón tan grande y bonito que atesoras. 

Mamá y yo seguiremos siempre abiertos para ti. Sin preguntas ni dudas. Sin condiciones ni excusa. Sin lastres. Mamá y yo te amaremos siempre como hoy te amamos. Porque, un poco, aprendemos a amar de ti. 

Nadie ama mejor que como tú lo haces.

Sé feliz y honrado, hijo mío, como ahora eres.


Sábado 1 de agosto de 2020

25 de junio de 2020

10 años hace que no es 25 de junio.

Cada 25 de junio, hijo mío, recordamos que a tu mamá y a mí nos unía el amor hasta aquel día de 2010 y que, desde entonces, nos une un amor especial, el que tú creaste. 

Hoy, enano, es 25 de junio, pero no el verdadero. Pero claro que hablaremos especialmente de ti en la comida, con tus hermanos. En estas conversaciones caben muchas dudas, ¿sabes? Todas ellas tienen que ver con la crueldad de lo no vivido. Pero también caben muchas certezas. Y todas ellas tienen que ver con el orgullo, con la valentía, con la templanza: con el amor.  Amar en ausencia es hoy día el privilegio que nos queda a quienes tuvimos la suerte de conocerte y disfrutarte. El dolor está, tiene que ver con lo cotidiano, con escenas de la vida misma que imaginamos con otros colores, sonidos y aromas. El amor, el privilegio, no obstante, tiene que ver con la introspectiva, con la inspiración, con ratitos de memoria, de recuerdo, de paz con uno mismo. Es ahí donde se siente ese amor que conecta el pecho de un padre con el de un hijo y que una vez conectado, jamás podrá nadie, nunca, ni siquiera la muerte, quebrarlo. Magullarlo, tampoco. 

Hoy, Samuel, mamá y yo hemos vuelto a empezar el día de tu cumpleaños con un abrazo y hablando de ti. Y de cómo viniste al mundo. Y, como nos enseñaste, lo hemos hecho con una sonrisa en la cara, sintiéndote entre nosotros. Difícil de explicar, sí.

Aquel día aprendí que no hay amor en exceso, que nunca se ama demasiado. El amor, como el cariño, como el respeto, siempre saben mejor en abundancia que en poquedad. Y así te amamos. Y ese amor cultivado sigue dando sus frutos. La mejor decisión de nuestra vida fue tenerte y criarte en alegría. Y aunque en este 25 de junio aun pueda titilar el dolor, nos imponemos recordarlo con la sonrisa que nos regalaste; aún nos quedan muchas guardadas que nacieron de ti y hacia ti vuelan. Tu compañía en presencia dejó amor para gastar en la ausencia física, sin temor a que sin él nos quedemos. 

Amar es sinónimo de ti, Samuel, en nuestro vocabulario. Y que así sea por siempre, hijo mío.

Felicidades, enano. Te quiero. 

"Si diez años después
 te vuelvo a encontrar
en algún lugar, 
no te olvides que soy
distinto de aquel 
pero casi igual (...)
--
(...)Diez años después, 
mejor reír, que llorar"

(Diez años después. Los Rodríguez, 1995)

Jueves 25 de junio de 2020.

18 de junio de 2020

Junio y Leo. Sin firmas.

Hay amores que nacen de una mirada. Y crecen. También amores ya crecidos. Hay amores que primero fueron amistad y otros que amor fueron desde su inicio. Hay amores que terminan (¿fueron amor?) como también amores perpetuos. 

Hace 4 junios que Leo (en forma de predictor) llegó a nuestras vidas. Y, así, sin mediar un previo aviso, nació un amor más, ya crecido; un amor puro desde su inicio; amor para siempre. 

Y es que, incluso el amor que nace inmenso, crece con el día y la noche, con el sucesivo ir y venir de las conversaciones, con los abrazos retenidos y aquellos que ya se dieron. Ese compromiso contraído sin necesidad de ser firmado. No hay obligación de amar, pero se ama sin que ya quepa el olvido; un juramento perpetuo, ya cruzado, dentro de ti, grabado donde, junto con el lugar de los sueños, todo está teñido de verdad y de genuinidad, donde las promesas se firman con suspiros sempiternos, donde no hay necesidad de hablar de amor, porque el amor habla (y actúa) desde ti y por ti. 

"Sin firmar un documento
Ni mediar un previo aviso
sin cruzar un juramento
hemos hecho un compromiso"
(Antonio Machín. Un compromiso)

Martes 16 de junio de 2020