22 de julio de 2012

Domingos impuros, domingos impiadosos

Aún recuerdo que los domingos dolían mucho. Dolían en el pecho que quedaba ausente, en el estómago siempre huérfano, en el corazón de latidos enfermizos e intermitentes, en el alma pusilánime y desganada. Los domingos de felicidad ajena portaban puñales terminantes mientras suplicaban resquicios de propia felicidad. Cada domingo teníamos que nacer de nuevo. Derrotar recuerdos futuros de todo aquello que debería venir pero no vendría, de aquellas imágenes que sonaban a familia risueña, de aquellas canciones que olían a vida completa, de aquellos aromas que nos pertenecían pero nos robaron. Eran domingos impuros, domingos impiadosos.

Pero todo termina en la vida. El domingo ya no llega con sed de venganza. Sus imágenes, sus aromas, sus sonidos, vuelven a ser los nuestros. Ha costado mucho desaprender. Imágenes por venir que fueron dejando su sitio a imágenes vinientes. Y todo con mucho disimulo, con mucha melancolía, con muchas sonrisas obligadas.

El gusto por recordar. La seguridad del recuerdo. La necesidad de saber que no olvidaremos. La sensación de sentir que las almas que nos acompañan son las mismas que nos acompañaban en aquellos domingos en negro del calendario.

El deseo de vivir y hacer vivir. La responsabilidad de una sonrisa rubia, de una sonrisa morena. El amor, en definitiva.


"Y ya lo ves ni lloré,
cogí la puerta y me fui
mañana querrás saber
y nunca sabrás de mí"
Todo termina en la vida
Los Romeros de la Puebla.
El dolor omnipresente y yo.
Domingo 22 de julio de 2012

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