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La palabra es bella.


Mi nombre es Lolo... y no sé hablar inglés, ni cocinar, ni bailar sin notar que mil ojos me miran. No sé dibujar ni tengo habilidades para tocar la guitarra por más que lo intento.


Suena raro, verdad. ¿Quién se presenta así, quién presenta así a algún amigo suyo? ¿Quién realiza un currículum destacando aquello de lo que no es capaz, aquello que no domina por cualquier motivo?

Pues, por raro que parezca, esta fechoría la cometemos diariamente cuando nos referimos a personas con capacidades diferentes, que constantemente presentamos como discapacitadas, destacando aquello que no logran, que no pueden, realizar por motivos realmente importantes, sobre todas las cosas que sí saben o son capaces de hacer.

La importancia de las palabras queda aquí demostrada. No siempre la mentalidad impone las palabras a elegir. A veces el cambio viene desde la palabra elegida. Hagámonos conscientes de nuestras injusticias al hablar, sobre todo aquellos que tenemos la fortuna de convivir y aprender diariamente con niños, y hablemos desde las capacidades personales, desde lo que a cada uno nos defina, desde lo que cada uno seamos capaces de hacer.

La palabra es fuerte y bella. Nace y muere cada día mil veces. Tiene tonos y tonalidades, se camufla y aparece estelar con la galantería de quien conoce cada paso y, por ello, sonríe.

Ahora que es época de hacer el bien

Domingo 20 de marzo de 2016

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