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Pensando en voz alta. Parte I

Hace una semana volví a intentarlo. Volví a ponerme en contacto con la Iglesia Católica. Volví a escribirles una carta. No quiero ser católico. No quiero estar en la lista. No quiero que la Iglesia Católica, ni ninguna otra, se haga más fuerte con mi nombre. No creo. No participo en sus liturgias o rituales. No comulgo con sus ideas, por más que intenten apoderarse del bien, hacerse dueños de la misericordia o inventores del amor al prójimo. Pero no ha sido, no ha vuelto a ser, suficiente (ni posible).

Además de rellenar una solicitud no precisamente sencilla, parece ser necesario que el envío se haga certificado y ante el habitual silencio eclesiástico proceder con una denuncia en el juzgado apelando a no sé qué Ley sobre la Protección de Datos Personales o algo parecido.

En definitiva, que igual que cualquier operadora telefónica o de banda ancha te marea de departamento en departamento para darnos de baja, la Iglesia Católica complica el procedimiento con el único objetivo de que nos perdamos en el laberinto trazado y dejemos por imposible nuestra petición de baja.

Y es que la Iglesia Católica pierde adeptos, eso es indiscutible, no hace falta más que darse un paseo por las iglesias en horas de misa, de culto. Ya no tiene el poder de antaño. Cada vez menos personas siguen sus líneas marcadas y los que quedan, cada vez son más viejos. Pero la tradición, el no preguntarnos el por qué de las cosas, hace que sigamos bautizando a críos que no volverán a la iglesia hasta el día de su Comunión, en el mejor de los casos. Y la Iglesia Católica sigue contando con unas listas engordas con personas no prácticantes, personas que simplemente están pero que no llegan nunca a ser. 

Desde mi punto de vista, la Iglesia Católica no ha sabido (¿querido?¿podido?) anticiparse al cambio y mucho menos reaccionar ante las señales a pleno pulmón que la sociedad (con sus cambios sociales) ha estado mandando un día tras otro. De tanto mirarse el ombligo, de tanto presumir de poder, de tanto regocijarse, de tanto sentirse omnipresente y todopoderosa, por encima del bien y del mal, con opiniones ante cualquier disyuntiuva, intentando marcar líneas de pensamiento únicas (conmigo o contra mí) tanto a sus afiliados como a sus no afiliados, la Iglesia Católica ha caído en una espiral muy peligrosa. Una espiral que quizás empiece y termine en su prepotente egocentrismo, causante en parte de su desconexión social. Y esto la confunde. Hace que equivoque su punto de mira. Busca contrincantes donde tan solo debiera hallar aliados. Pero marcha como el niño con ojos vendados a punto de apalear su piñata. Y lucha en contra de, en lugar de hacerlo en pos a. Lucha frente a la sociedad, la misma que le da de comer. 

Y así, desde sus anquilosadas liturgias, desde su desconexa jerarquía machista, desde su egocentrismo estancado en tiempos mejores, desde estos árboles, quizás no pueda nunca llegar a ver el bosque. 

Lunes 05 de abril de 2.010

Comentarios

Salvador Navarro ha dicho que…
Comparto uno por uno todos tus comentarios acerca del distanciamiento de la iglesia de la sociedad real, aunque mi crítica iría más allá, desde el momento en que, como agnóstico sevillano, las bases de su propaganda a mí me resultan falsas. No creo en dioses o religiones que cambian de nombre o consignas en función del lugar en el que naces. Y en Sevilla estamos, yo que vivo en el centro, inundados de clericalismo.
Maestro Lolo ha dicho que…
Seguiré el post con una segunda parte, que tengo más que opinar. Y estoy de acuerdo en tu última afirmación sobre el clericarismo. Pero es que somos así: nos dejamos llevar por la corriente.

Saludos.

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