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Papá, soy Paola.

Que la vida te devuelve mil vidas si la vives, es algo que sientes cuando vida y sentimiento se hacen un mismo lugar, olor, abrazo.

Que la noche es menos noche lo sabes cuando la luna se refleja en unos ojos vírgenes y puros, la mires desde el balcón que la mires.

Que el amor no puede guardarse lo aprendes cuando tus lágrimas resbalan y tu corazón empieza a descomponerse irreversiblemente.  

Aquella tarde nació Paola, cuando Samuel se despedía. Aún sin carne ni huesos; ni vísceras ni ojos que la sostuvieran. Era solo futuro. Amor futuro. Deseo convertible en realidad, casi convertido en obsesión.

Los días sucedían a las noches. Las noches permitían el paso de los días. Reloj, bendito reloj que avanzaba hacia la vida, dejando al silencio a oscuras.

Todo era ida. Caminos por descubrir. Paisajes por pintar con pinceles sostenidos por manos temblorosas. Todo era nervios. Corazones a compás redoblando en perfecta armonía sin pentagramas que los encarcelasen. Silencio roto por sueños de felicidad viniente, de necesidad viniente, de recompensa entre vestidos, lazos, diademas y el color rosa. 

El día llegó tintado de normalidad, humildemente, como llegan los días que deseamos. Nació igual, pero se fue diferente ¿se fue?. No volvió al lugar de la memoria donde guardamos los días olvidados, los de gris rutina, los que no fotografiamos, los que no sonreímos, los lleno de vacío. Buscó su hueco entre el corazón y la memoria. Y allí se quedó para vivir siempre. Entre vellos y lágrimas, entre sonrisas y nudos de garganta. Allí se quedó donde la emoción vence al razonamiento. Donde el sentir domina el recuerdo. Donde no tiene cabida la añoranza. 

Si miro, aún veo tu mano y mi mano. Tu cara y mis besos. Tu esfuerzo y mi orgullo y mi admiración, y mi amor... Veo a nuestra Paola sobre tu pecho, con mi mano en su espalda. Veo que la besé y guardé su aroma para mí. Solo para mí. Aire. Latidos. Vísceras. Ojos. Armonía. Todo en un beso. Todo cabe en un olor. 

Noté como tu pecho volvía a llenarse de vida. Noté que a tus ojos volvió el brillo robado.  

Que la felicidad puede tocarse lo recordé cuando parecía a punto de olvidarlo. 

Que la felicidad aguarda en una noche en vela lo reviví aquella primera noche en que el tres y el cuatro cambiaron el orden en la fila por unos instantes, por unos bellos e intensos instantes. Momentos que solo mi morena, mi rubia, mi enano en mí y yo dimos fe cuando la Luna y el Sol peleaban por decorar las vidas de una familia renaciente.

Así nació mi Paola. Y así volvió a comenzar todo. 

Ella nos miraba. Nosotros llorábamos.
Lunes 28 de enero de 2013 

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