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Recuerdos de escalera.

Los días pasaban.

Unos lenta y pausadamente, casi resistiéndose a marcharse, con minutos de plomo y horas por llegar. Otros volando, sin carga, con la delicadeza de los pequeños detalles. Y allí, en la segunda planta del Virgen del Rocío, todo seguía igual. Conversaciones intrascendentes, nacidas para esconder el nerviosismo, sin más sentido que el de mover las agujas del reloj, que el de llenar la soledad de compañía, se mezclaban con la desesperación de los momentos.

Y así, Pablo, los días pasaban.

Algunos con sabor a hiel, a lunes por la mañana, a despertador de noviembre; otros con ese regusto de los calentitos con chocolate de la mañana de domingo frío y lluvioso.

Y así, Pablo, iban pasando los días.

Los unos decorados de negro, de mejillas regadas, de puñetazos en la pared, de miradas al cielo, de crueles respuestas a ninguna pregunta, de estómagos vacíos, de adios eterno; los otros tiznados de verde esperanza, de mano en la frente y horizonte cercano, de cruces de miradas que abrazan, de sonrisas descaradas, de hijos en el pecho. Olores a humedad, a vacío, a orfanato de película de miedo cediendo paso a aromas de compañía de escalera, de silencios en búsqueda de oportunas palabras reparadoras.

Miradas llenas, llenas de sentimiento,
sabedoras siempre, de que no por sabida, la espera sería menos espera.

Y así, Pablo, Alex, pasaron los días.

A Alex y Pablo.
A Pablo y Alex.
A mis ahijados.
A los López López.
04 de marzo de 2009

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