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Carta abierta a mi tío Manolete

Hemos vuelto a despertar sin ti. Son ya muchos días. Tantos que juntos forman un año; de mayo a mayo, de veintinueve a veintinueve.

¿Sabes? Ayer volví a sorprenderme pensando que volvería a verte. Es como si mi deseo venciese a la realidad por unos instantes. En ocasiones me sorprendo diciéndome que hace tiempo que no te veo y que tengo que pasarme por la tienda. Pronto la realidad, puta realidad, pisa al deseo sin reparos, sin miramientos. Pronto mi consciente vence a mi subconsciente. Son destellos, ráfagas de confusión, de qué me pasa. Tiene difícil explicación, lo sé. Pero me da igual, no la busco. No la necesito. Además, estoy seguro que no soy el único al que le pasa. Y, por cierto, no me molestan. Me hacen seguir recordándote y te mantienen vivo en mi. Más que suficiente.

Algunos dicen que los que nos dejáis dais fuerza desde algún lugar. Yo creo que seguís vivos en el recuerdo de cada uno de nosotros. Muchos trocitos de tito Manolete por ahí repartidos. Otros aseguran incluso que podéis vernos desde ese lugar al que van las almas. Como si el alma de una persona pudiera vivir sin su cuerpo. No me lo creo. Soy hombre de poca fe, lo reconozco. Además, ¿no sería una putada propia de la mente más cruel?. ¡Qué tortura!. Ver mi vida sin mí, como la película. Ver a mi gente destrozada por lo irrellenable del hueco dejado, ver lo que me estaría perdiendo, ver el trabajito que cuesta salir adelante a los míos... verlos y no poder hacer nada. Prefiero dejar de ser a seguir siendo.

Luego hay otra cosa que me provoca algo que no logro definir del todo. Es algo que no me gustaría que me pasase: que me cambien el nombre. Sí sí, dejar de llamarme Lolo para, después de muerto, llamarme pobrecito. Siempre me acuerdo de lo que tu hijo René me dijo el día de mi boda: “¡Aprovecha que ya no te dicen más guapo hasta el día de tu entierro!”. Más verdad que un santo, tito. Y no me gusta. No me gusta que a los que faltais os recordemos con lástima. Me niego. Al contrario. Los recuerdos son precisamente lo mejor que nos queda. Recordamos los buenos momentos juntos, las anécdotas, las fiestas, los abrazos, las palabras de ánimo o los sabios consejos. El presente es duro, pero el recuerdo no, el recuerdo es alegre.

Ahora tenemos dos caminos. Adaptarnos a la cruda realidad o quedarnos anclados en aquel 29 de mayo. Es duro, durísimo, pero es así. Al menos, así lo veo yo. Es cuestión de elegir y de luchar por lo elegido. Yo elegí adaptarme hace tiempo. Y por ello, lucho por ser lo más feliz que puedo. Lo intentaré porque me lo merezco y te lo mereces. Porque nos lo merecemos todos. No me quedaré en la lágrima. Seré feliz. Y el día que me ponga triste, el día que me dé una bajona, me pararé y recordaré aquel momento en el que tú y yo...¿te acuerdas? Y entonces volverá mi sonrisa y con ella volverás y volveré a sentirte vivo en mí.

Tendrías que ver a tus hijos y tu mujer, mis primos y mi tía. Y a tus hermanos y hermanas. Y a tus sobrinos y sobrinas. Vives en cada uno de ellos. Cada uno y cada una lo lleva a su forma. Todas valida, tito. Para quitarse el sombrero.
Te espero en mis destellos.
"La Lola bien, trabajando.
Déjala que trabaje"
Hasta siempre, tito.
Jueves 29 de mayo de 2008

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