Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

10 de septiembre de 2023

Hace trece años.

Si me diesen a elegir, hijo mío, entre morir y el olvido, me quedo contigo, amor. Me quedo con la necesidad de que omnipresente te halles allá donde yo fuese, de vivir en primera persona del plural, con el amor venciendo, renaciendo, que no vencido, que no renacido. Porque no hay elección más certera que revivir el recuerdo de lo que nos hizo llorar de amor. No es otra cosa. No se engañen. La muerte duele, porque amas. Amar es vivir en valentía. Y ser valiente, por ello, duele.


Sigue descansando en paz. Aquí, en mí. Ahí, en tu madre. Nosotros seguiremos honrando tu camino viviendo lo más feliz que podamos, regalando a tus hermanos todo el amor que nos quedó; trayéndote a casa a cada rato, en cada momento; viviendo contigo en cada rincón. 

Te quiero, enano.

Me quedo contigo. (Los Chunguitos, 1980).

Domingo, 10 de septiembre de 2023


16 de marzo de 2016

Necesidad

Ahora siento la necesidad de escribir. Mientras viajo en el autocar, camino de nuestra excursión, rodeado de la inocencia bendita de los niños y niñas de mi cole. Ahora, tras leerte y revivirlo todo, siento la necesidad de que mis emociones fluyan, como río que busca el mar, desatascando preguntas tan inevitables como innecesarias.

Uno no tiene entre sus planes de matrimonio sano, con su ficticia capa de invulnerabilidad sobrepuesta, recibir la bofetada, estacada quizás, de conocer la faceta profesional y personal de un cirujano cardiovascular infantil, cuando tu primogénito viene a llenarte por completo. ¿Cómo decir entonces que me alegra haberlo conocido? ¿Que me siento en paz tras cada lágrima derramada en su despacho, tras aquel apretón de manos, tras aquella sonrisa triste de despedida?

Era miedo. Pánico. Terror. Llámenlo como quiera. Yo me quedo con miedo; eso es, miedo. Podré verme en mi vida en mil situaciones personales. Podrán intentar pegarme, robarme o ponerme entre la espada y la pared literalmente. Os aseguro, muchos sabéis de lo que hablo,  que no sería miedo lo que sentiría . Un hijo, una hija en peligro de muerte ... eso es el miedo.

Hoy he vuelto a llorar por fuera por Samuel. Hacía un par de meses que no lo hacía. Y volver a tener esos momentos me alivia el alma; al menos, hasta la próxima.

Al igual que me pasa con mi buena amiga Katia, soy incapaz de elegir palabras certeras para hacer llegar nuestro agradecimiento hacia grandes personas.
 
Seguramente, solo mis lágrimas inconfusas y confesables pueden estar a la altura.¿Quién sabe?


Más días como estos...
Miércoles 16 de marzo de 2016

25 de junio de 2015

Si bastasen un par de...

Bajo el suelo no hay nada, no crean lo que les dicen. Todo es mentira. No existe nada bajo el piso. Todo es aire en quietud. Oquedad llena de pensamientos náufragos, de sentimientos huérfanos, de pacientes emociones esperando ser sentidas. Nada, por tanto. La Tierra en sí no tiene corazón, es hueca, como esa pelota de playa barata. Y sobre ella, todo vuela. El viento domina un paquete de pipas que danza al compás caprichoso sin atender a las pisadas de los viandantes. Hoy hacia aquí, mañana huye. Sin meta, sin destino, porque no existe destino ni razón en el viento; porque el viento es un niño caprichoso y malcriado que de todo tiene y nada valora, ni siquiera la libertad de poder elegir.

Si yo fuera viento elegiría rozarte cada rato. Huir contigo hacia delante, de tu mano, protegido. Si yo viento fuera, Samuel, apagaría juguetón las velas de tu cumpleaños, a cada ratito, para, seguramente, dejar que el sonido de tu risa se posara en mí y poder guardarlo conmigo.

O quizás no. Quizás, si yo fuera viento giraría al revés esta falsa Tierra, cual Superman, tan rápido, tan fuerte, tan decidido, que llegaría al primer día de todos y elegiría tocarte, besarte, olerte, cogerte, calmarte, cantarte, bañarte... de nuevo. 

Si bastasen un par de palabras para felicitarte, hijo mío. Si bastasen un par de lágrimas para ser viento.

5 años.
"Si bastasen un par de canciones"
Eros Ramazzotti
Jueves 25 de junio de 2015

20 de abril de 2015

Háblame de él

(Reflexiones tras leer el artículo "Lo que me gustaría que la gente entendiese sobre el hecho de perder un hijo" de Andrea Araya Moya)

Lo que más me gusta del mundo es hablar de mi Samuel. Así aprendí a encontrar el equilibrio entre el dolor desmedido y el sentimiento onmipresente de culpa impermisiva por haber sobrevivido a él, por ser un superviviente antinatural. 

En casa lo nombramos a todas horas, está presente en nuestro día a día. No, no somos masoquistas. No, no lo hacemos desde el dolor o desde el desgarro, ni tampoco desde la ilusión o desde la fantasía. Lo hacemos, simplemente, desde el cariño nostálgico, desde la sonrisa dulce, desde la ternura de unos padres que supieron robar felicidad a los momentos de tristeza.   

No, no te sientas incómodo si hablo de él en tu presencia, no hablo de pasado cuando lo nombro, no es el ayer lo que me llama ni aquella vida la que añoro. Ya he aprendido a soñar por las noches, a sonreír con tristeza en mis ojos, a llorar con alegría en mis entrañas. Hablo de él porque es mi vida. Hablo de presente cuando lo refiero. 

Ni te guardes un comentario sobre él en mi presencia. Habla de él alegremente cuando algo te recuerde su risa, su llanto, su peculiar bostezo, su forma de desperezarse.  Habla de él con cariño en tus ojos, con futuro en tu mirada, con ganas de gritar su nombre.

Habla de él cuando lo recuerdes. Habla conmigo.

Porque con su muerte quedé herido por siempre. Con su olvido moriría.


"¿Y yo sigo aquí sin saber por qué?" 
Aún no te has ido (Vanesa Martín)
Lunes (de pescaíto) 20 de abril de 2015

15 de abril de 2015

Y si.

Solo a veces mi mundo me abre su puerta y me siento a esperarte. Y vuelvo a dormirte; mirarte; llorarte.

Mis ojos se esconden en aquel junio contradictorio, en aquel julio fantasma, en aquel agosto incierto, en aquel septiembre maldito. Nadie los encuentra. Se posan en un mundo aparte que apenas roza el suelo, donde crecen las sombras, que se llena de luz. 

¿Y si te abrazase de nuevo con mis brazos y mi alma, si te arropase como me arropabas con solo mirarme? 

Y si tuviese otra vez miedo...

Y si...
Miércoles 15 de abril de 2015


10 de septiembre de 2014

4 años son demasiados incluso para nosotros

Es el recuerdo de cada amanecer lo que me convence. La huida hacia delante lo que nos salvó la vida. El tiempo que pasamos juntos lo que me mantiene fuerte.

Aquella vuelta a casa, aquel cojín, aquel grito a pleno pulmón hundido en el sofá, la ducha de después, la primera noche en cobardía, el primer domingo en negro del calendario, aquellos llantos camino al trabajo durante las primeras semanas. Cuatro años hace ya de tanto que me da pavor que el reloj siga caminando y que la vida siga empujándome hacia el único sitio en el que tú no estás. 

Por eso vengo aquí. Porque aquí te guardo a los ojos de todos. Aquí, a plena luz, te escondo y te llamo para mí. Porque sé que aquí regresas cada vez que te necesito. A veces, aun, con mucha tristeza y muchas lágrimas. Otras, en cambio, con pasión de padre, con amor rebosante, con caricias introvertidas. 

Cuatro años son demasiados para mí. Tiemblo sintiendo que la rutina me invita a veces a no tener tu momento, a no vivir tu vida en mí. Me sobrecoge que el tiempo me obligue a caminar en el sentido contrario al que necesito. Me aterra notar que la virtud de poseerte es cada vez más voluntaria. Me estremece que la noche calme más que el día, que el camino se vuelva circular. 

Es diez de septiembre otra vez. Y lo celebro. Porque vuelvo a tener esa tristeza que necesito para no despiadarme.

A ti, Samuel. 
 Miércoles 10 de septiembre de 2014

18 de abril de 2014

¿Quién gritará tu nombre?

Y si no te recuerdo yo ¿quien lo hace hijo mío? Y si no nacen estas letras que hablan más de ti que de mí, ¿quién te revive?

Son mis dedos los que necesitan saber de ti, saber que alguien te resucitará mientras trabaja, mientras desayuna, mientras siestea en un sofá sin saber siquiera el poder que sus ojos emanan, el sentido de su lectura, la incomensurable fuerza que derrochan cada una de estas palabras que vuelan, a veces por su alma, a veces por su mente, a veces sin rumbo. 

Por esto siento la necesidad de recordarte, para obligarte a revivir.

Porque si no te escribo yo, ¿quién te recuerda, hijo mío? ¿Quién vive tu presencia aunque sea un ratito cada día? ¿Quién te llama? ¿Quién grita tu nombre con el pecho ensangrentado, con ojos derramando sal, con hiel, con miel también, en las entrañas, con amor incuestionable, imparable, en su garganta? ¿Quién robará segundos para regalártelos? ¿Quién morirá de amor por ti antes de que el amor por ti muera?

Y sobre todo hijo mío, ¿quién pasará página sabiendo que tú estás en todas y cada una de las letras del libro de su vida?

Un día, Samuel, lo comprendí TODO.
"Mi vientre cosido
Mi vientre cosido a tu vientre,
tu luz a mí traída,
tu pelo enredando el aire
como viento que arrastra hojas
o jóvenes con el corazón en llamas,
que es el vivir.
“Esquivar el suelo y remontar
una y otra vez el aire”, me dices.
Cómo nombrarte, amor, y no desangrarme.
Cómo nombrarte, como decir tu nombre,
que es mi vivir, amor,
y no desangrarme,
y no dragar el corazón hasta hacerlo entrega,
que es el amar.
Dime cómo, amor,
cómo traer a mí el espacio de tu nombre,
no desangrarme
e ignorar que la intemperie en las costillas,
que la soledad en el fin de la garganta
contigo esquivaron mis ojos"
Los Desperfectos. (Martín Lucía, 2009).
Viernes Santo 18 de abril de 2014

30 de enero de 2012

Recuerdos que no quiero borrar

Jamás podré olvidar aquella llegada a casa. Fue el primer día tras el parto. Volvíamos solos. Samuel quedó en el Hospital, en una incubadora. Todo empezaba. 

Aún no sabíamos nada. Imaginábamos mucho. 

Era de noche. Calurosa, ingrávida, densa, pesada. Salíamos del Hospital acompañados por nuestros compadres. Nos despedimos y nos montamos en el coche. Solos. Con nuestro miedo infinito, con nuestra tristeza desconsolada e inconsolable. 

Llegamos y aparcamos en el garaje. Nos miramos entre lágrimas y me dijo tocándose su vientre:

- Sin barriga y sin mi niño... sin barriga y sin mi niño...

Aún no sé de dónde sacamos fuerzas. 

---

Hoy, un año y medio después de aquello, echo la vista atrás y me enorgullezco. Ha sido muy difícil todo. No es fácil tomar muchas de las decisiones que tomamos. Nada fácil. No es fácil intentar luchar por esa felicidad negada, abrir las mismas puertas que nos llevaron a las tinieblas y esperar ahora el paraíso.

Hoy me quedo con que el destino no es invencible. Dos personas convencidas pueden mover muchas cosas. Solo hay que echarle cojones a la vida y luchar mucho. Estar dispuestos a sufrir, a tener miedo, a no rendirse ante la fatalidad, a tener paciencia y esperar los momentos, a no saltarse etapas, a llorar cuando toque, a resentir, sabiendo que, si a pesar de todo, algo no hubiera salido bien, la tranquilidad de conciencia será nuestra mejor compañera de viaje. 

Aprendí que cada vez que te das pena a ti mismo estás perdiendo una gran oportunidad de luchar.
 
El hoyito de Paola me lo recuerda todo, es nuestra imagen del triunfo, de la recompensa. Para nosotros, luchar ha merecido la pena.


Con dos cojones, esposa.
Lunes 30 de enero de 2012

12 de diciembre de 2011

Evidencia

Era evidente. La vida se te escapaba. Tu cara era una fotografía de la muerte. Tu cuerpo apenas podías guardar vida. Realidad...

Nuestra sonrisa, por momentos, también se esfumó aquella noche. Ni siquiera pudimos evitar llorar en tu presencia. Morías poco a poco, junto con nuestra esperanza, junto con nuestras ilusiones, junto con nuestra felicidad. Tristeza...

La muerte tiene cara. Y cuando la ves entiendes que por más que desees, por más que empujes, por más que aprietes tu alma, no hay nada que hacer. La muerte siempre gana la partida. Impotencia...

"Id a casa, descansad, pero no apaguéis el móvil...".

Frase que dio comienzo a la noche más larga de nuestra vida; incluso más que aquella primera noche en soledad en la que la ausencia fue vencida por el cansancio. Pesadilla...

Recuerdos mojados...
Lunes 12 de diciembre de 2011

9 de noviembre de 2011

"Todo según el color del cristal con que se mira..."

Todo depende de dónde te sitúes. Todo depende de qué prefieras. Yo siempre lo he tenido claro. Nunca me ha dado miedo sufrir y nunca me dará. Y mis decisiones en la vida no serán nunca quedarme parado por miedo a sufrir si avanzo. No será nunca salvar la ropa por miedo a mojarme. Prefiero nadar. 

El asunto viene de algunas conversaciones mantenidas en las que no pocas personas piensan o intuyen que salir a flote después de la pérdida de tu hijo depende del tiempo que haya vivido tu hijo contigo, entendiéndose que a más roce, más cariño. 

Yo ni estoy del todo de acuerdo ni puedo negar en rotundo estos pensamientos. Creo que sí, que es más sencillo, perdón, menos difícil, renacer si tu hijo fallece a los pocos días, meses incluso, de vida que si lo hace con 5, 6 o 7 años. Ahí no puedo decir lo contrario.

Pero no es esa la pregunta correcta. La pregunta es desde otro lugar. No desde la tristeza por vivir, sino desde la alegría vivida. ¿Prefieres compartir menos vida y "superar" mejor la muerte o compartir más vida y tardar más en "superar" la muerte?

Samuel estuvo con nosotros 77 días, dos meses y medio. Nació un viernes 25 de junio a las 15h de la tarde. Falleció un maldito viernes 10 de septiembre a las 15h de la tarde. 11 semanas exactas de vida; 77 días junto a nosotros. Y nosotros junto a él. ¿Cuánto hubiéramos dado porque hubieran sido 78? ¿Cuánto porque hubieran sido 80... ó 100... ó 365? ¿Cuánto dolor hipotecarías por escuchar a tu hijo decir papá, por enseñarlo a dar sus primeros pasos, por verle su primer diente? ¿Cuánto dolor es canjeable por todo eso?

Prefiero la alegría vivida. No me importa la tristeza por vivir. Ya sacaré fuerzas de flaqueza. Ya me agarraré de alguna forma a la vida. Ya me sujetará quien me quiere.

Vive la vida
que en ella nada es verdad
ni mentira,
todo según el color,
con que se mira.
"Vive la vida" (Los Marismeños, 1987),
basado en la cita de Campoamor
"Nada es verdad ni mentira,
todo según el color del cristal
con que se mira"
Miércoles 9 de noviembre de 2011

17 de octubre de 2011

Lo primero y lo último

Lo último que hago, cada noche, cuando decido poner fin al día, es mirar mi móvil. Cada mañana, cuando mi despertador decide poner inicio a mi día, lo primero que hago es mirar mi móvil. Y me desgarro el alma, mi alma, al acostarme y al despertar.


Me desgarro mi alma al dormir y al despertar y mil veces más al día, cada una de las cienes de veces que desbloqueo mi móvil solo para acariciar la foto de tiempos pasados, y mejores. Cada una de las cienes de veces que acudo al recuerdo de mi hijo para no olvidarlo.

Yo, para estar de pie hoy necesito ver la foto de mi hijo. Para sonreír hoy, necesito saber que lloré ayer y que lloraré mañana. Necesito transportarme al feliz pasado, al pleno pasado, cada ratito, porque si llevo mucho sin hacerlo, noto que me falta algo.

Entendí desde el primer día que necesitaba incorporar mi pasado como parte de mi presente para llegar a superarlo. Borrar el pasado para tener un presente feliz no puede nunca convertirse en una estrategia buena. Llenar el presente de preguntas incontestables, tampoco.

La vida está llena de puntos y seguido. El punto y aparte se parece demasiado al punto y final.

Dos años después. 
Nunca una alegría como aquella. 
Quizás alguna tristeza nos quede.
Lunes 17 de octubre de 2.011

11 de septiembre de 2011

El peor camino de mi vida

Hace hoy un año que hice el peor camino de mi vida. Porque el peor camino de todos no es el que tiene como llegada el crematorio, sino el que lo tiene como salida. Es ahí donde todo el aire falta y el corazón se hace pequeñito.

Porque es en ese momento cuando es más difícil encontrar las fuerzas, porque en ese momento se hace casi imposible encontrar motivos para sonreír, aun cuando la sonrisa sea una obligación diaria. Y no solo encontrar motivos para sonreír, sino también para hacer sonreír a tu mujer.

Hoy, un año después, vuelvo la vista atrás, ya con aire en el pecho, con sonrisas en la cara, con nostalgia en el corazón. Ahora no sé cómo pudimos echar un paso tras otro. No sé cómo volvimos a cocinar, a ducharnos, a limpiar... No sé cómo, de dónde, sacamos fuerzas para guardar recuerdos en cajas de cartón. Supongo que gracias a nuestro coraje y a nuestra gente necesaria. Supongo, no. Lo sé. Gracias a nosotros y a vosotros. Y más tarde, gracias a Paola.

Hoy hace un año que, a pesar de que la vida se olvidó de nosotros, elegimos vivirla. La decisión más sencilla de nuestra vida. La decisión más difícil de poner en práctica.


...como si fuera ayer.
Domingo 11 de septiembre de 2011

4 de julio de 2011

Sobre la tristeza y otros sentimientos satélites.

Tiro de imágenes. Sí, eso hago. Para no permitirme deambular. Para seguir soñando, aún sabiendo que sueño. Tiro de imágenes gratas. Para reír, aunque sea por fuera. Para seguir llorando solo por dentro. Tiro de imágenes que suplan al color verde, al pitido incesante, al azul del sillón.

Es que a veces me ahogo, porque me roban el aire del pecho. La soledad, quizás. La tristeza, tal vez. La melancolía, quién sabe. El infortunio, puede ser. La angustia, la impaciencia, la desilusión, la añoranza, la apatía, la lamentación... o un poquito de todas... o ninguna quizás. ¿Quién puede ponerle nombre a todo?

Por eso recurro a esas imágenes de ternura. De un padre en vela con su hijo. De una madre cantándole a su cuerpo. De unos padres disfrutando de la vida, aun cuando la vida no disfrutaba de ellos.

Y te veo tranquilo y feliz. Y me veo riendo. Y veo a mi señora con ojos que gritan pasión.

Y todas ellas, entonces, huyen de mí avergonzadas. Y salen presurosas sin echar la vista atrás, sabedoras de que volvieron a perder la batalla. Se marchan a su escondite cual hienas. Y esperan, pacientes. Y esperan, agazapadas. Y esperan, petrificadas. Y esperan incansables alguna oquedad en estas débiles almas de padres sin hijos, de padres ladrones de sentimientos al amanecer, de antónimos de huérfanos.

Que la tristeza sea algo más
que la ausencia de alegría.
Lunes 4 de julio de 2.011

27 de mayo de 2011

Momentos y licencias.

Desde entonces existen dos palabras en nuestro vocabulario que solo podremos escribir con letra mayúscula. La una hace referencia a lo vivido y la otra a lo que no viviremos, a lo que nos estamos perdiendo. Suena egoísta. Es centrar todo esto en el dolor de unos padres sin hijo. Pero hoy necesito volver mis ojos para mirarme un poco, para tomar introspectiva. Porque existen momentos de agobio, de dolor inmedible, de gritos ahogados en océanos sin memoria, de pechos que viven alejados de las calles y los ruidos, de soledad en compañía.

Es complicado, y duro, salir poco a poco de todo y esperar en cualquier lugar, sin ver más allá de lo que tus pupilas alcanzan a contemplar. Es duro, y complicado, imaginar que tu camino no estará nunca enlosado con baldosas amarillas y que, en su final, no te espera la tierra de Oz, aquella en la que todo era posible.

El mar, un par de veces al día, pierde la partida frente a la arena, y se retira con aires de grandeza, sabiéndose vencedor en la próxima batalla, porque la costumbre así se lo asegura. 

Volveré para vencerte, aunque sea un par de veces al día. Hasta que la eternidad comprenda que mis fuerzas son infinitas y que no habrá tristeza en mí que me quite las ganas de sonreír por la más nimia de las situaciones por vivir.

Y será entonces cuando SIEMPRE y NUNCA no vengan teñidas de soledad.

Ahora que todo empieza a aproximarse.
Viernes 27 de mayo de 2011 

11 de mayo de 2011

Preparados...

No es posible prepararse para no sentir tristeza. Es imposible que algo duela menos de lo que duele, porque los sentimientos cuando explosionan son incontrolables e inmedibles. Eso lo tengo bastante claro. Tan claro como que sí es posible preparase para vivir en la tristeza, para saber que tu vida puede cambiar y que si lo hace no debes agobiarte, que la tranquilidad es tu mejor aliada y que llorar no mata. Ahí está el quid del asunto.

Por eso, cuando vimos cómo Samuel involucionaba después de su operación y cuando nos dijeron que todo tendría el peor de los finales posibles, mi señora y yo nos preparamos para vivir tristes. Nos convencimos con conversaciones de sofá, de cama, de salas de espera. Y nos ha servido mucho. Era cuestión de tener claro que la tristeza nos acompañaría durante mucho tiempo y entender que necesitaríamos mucha paciencia para encarar los meses posteriores e incluso los años que nos quedan por vivir. 

Ahora estamos en un momento raro. Y sabíamos que pasaría. Buscamos nuestro segundo hijo, en este caso niña, Paola, sabedores de que nos sentiríamos extraños durante muchos meses. Extraños por acariciar una barriga en la que no estaba Samuel o por imaginar su cuna con otra cara y otro cuerpo. Y esta preparación nos está ayudando de nuevo; porque tranquiliza saber que todo lo que nos ocurre es "normal", que la reinvención de nuestra vida va por buen camino, que estamos justo donde tenemos que estar.

Y, desde este lado del espejo, aprovechamos algunos ratitos y nos preparamos para el momento del nacimiento, que intuimos tan feliz como duro para ambos, porque todo se recrudecerá y reviviremos aquellos días en los que nuestra ignorancia nos convertía en los padres más felices del mundo. Y cuando Paola llore su primera vez, cuando se monte en el carro, cuando tome el pecho de su madre o cuando dé su primer bostezo, echaremos más de menos a nuestro niño si cabe. Pero todo será desde la tranquilidad, sin agobios, sin impaciencias... y con lágrimas.

Todo eso llegará, claro. Y sentiremos de nuevo. Y lloraremos de nuevo. Y volveremos a desconocer si nuestras lágrimas serán hijas de la alegría o de la tristeza. Pero nos volverá a dar los mismo, porque esas mismas lágrimas serán la demostración palpable de que necesitamos el recuerdo de Samuel para avanzar y que Paola, y su despreocupada felicidad, ya está con nosotros.

Hablando de pre-sentimientos
Miércoles 11 de mayo de 2011

8 de mayo de 2011

Ahora me lo permito.

Me doy cuenta, con el paso impasible del tiempo, que los ratitos de tristeza son necesarios en esta tarea de hilvanar un corazón descosido. Hace meses, todo dolía tanto, que el miedo se apoderaba de nosotros e intentábamos no caer en los tentáculos del recuerdo, para que la cinta andadora ganara en velocidad y el tiempo, cual parche viejo de tela, fuera remendando poco a poco todos los pesares. Básicamente, era cobardía, miedo a caer y tener serias dificultades para levantarse. Porque de vez en cuando nos asomábamos al pozo, más por obligación que por curiosidad, y aquello no tenía fondo alguno; ni siquiera cubo y cuerda a los que asirse como último trance. 

Hoy sé que todo fue necesario. Y que nuestro cerebro es más listo en modo automático que en modo manual. Quizás se activó el mecanismo de supervivencia y entendimos, por fortuna, que no era momento para pararse demasiado. Era momento para dejar salir, para fluir, para dejarse atrapar por la rutina más rutinaria y empujar las agujas del reloj lo máximo posible. Era tiempo para eso. 

Ahora, poco a poco, van llegando nuevos tiempos. Estamos un poco más recuperados del trauma y, aunque la sensación de vacío es infinita, volvemos a necesitar momentos tristes y abrazos entre lágrimas. Simplemente, porque ya nuestro corazón tiene los remiendos necesarios para aguantar nuevas lágrimas de vieja tristeza. Y ahora las necesitamos para no caer en lo inhumano, en la frialdad innecesaria. Rompemos la rutina sin miedo, para darnos un abrazo pensando y llorando, llorando y sintiendo, sintiendo y recordando. Y eso, se convierte en conveniente, e incluso en imprescindible, para poder seguir adelante. Para poder sonreír mañana. Para dar nuevos sentidos a estas vidas desangeladas por momentos.

No tengo miedo a la tristeza. He aprendido que puedo ser feliz aún siendo triste. Sé que mi cota de felicidad ya llegó. Sabemos que no seremos nunca más felices que aquellos días de junio en los que aún éramos ignorantes. Lo sabemos. Pero no nos agobia, ni siquiera nos preocupa en demasía, porque esto no significa que la nueva felicidad que nos espera, aún con matices, no merezca la pena ser vivida. 

Si algo tienen los momentos tan duros es que te dan una lección vital inolvidable: ¡¡VIVE!!

Ahora entenderás que
me haya quedado con las ganas
de bailar una sevillana 
con mi mujer y Paola...
Domingo (de feria) 08 de mayo de 2011

21 de abril de 2011

¿Palabras para todo?

Lo cruel es la sensación de que el tiempo te obliga a olvidar y tú no quieres hacerlo. Lo verdaderamente cruel del aquí y ahora es que el tiempo pasa e irremediablemente empiezas a sentirte mejor y empiezas a llenar tu vacío con nimiedades propias de otras vidas. Pero tú no quieres.

Lo cruel es darte cuenta de que a veces, más de cuatro veces, pasas un ratito sin recordar un olor, sin evocar alguna sensación de antaño, sin volver a sentir la felicidad antigua o el desconsuelo presente. Y te duele. Y te preguntas si no estás olvidando más de lo necesario, si no debieras resentir más de lo que resientes, sentir más de lo que sientes.

Es difícil vivir con la necesidad de estar más triste de lo que estás por miedo a poder traicionar el recuerdo de tu hijo. Sé que merecemos la felicidad más que nadie. Y me lo repito diariamente. Pero cuando llega, a cuentagotas, no la siento en todo su esplendor porque tengo el alma esposada, seguramente, por mí mismo.

Y es que quizás el problema sea más sencillo que todo esto. Tal vez, sea cuestión, simplemente, de dejar fluir y no buscar palabras para todo. Y reír cuando el cuerpo te pida reír, y llorar cuando el alma te pida llorar... ¿Pero qué hacer cuando el cuerpo te pide reír y el alma te pide llorar a la vez? ¿Puedo reír? ¿Debo reír? ¿Puedo llorar? ¿Debo llorar? ¿Me pongo límites?

Es difícil vivir en el alambre de los sentimientos sin resbalar siquiera.

Espero no volveros locos. O al menos, no definitivamente.


Hoy es un día
(senti)mentalmente lluvioso
Jueves Santo 21 de abril de 2011

11 de abril de 2011

Entre dos... mundos.

Es difícil vivir en presente. Muy complicado. La vida vivida y la vida por vivir hace muy complicado pensar en la vida que vivo, que vivimos mi mujer y yo. Porque la vida que vivimos se sitúa entre dos mundos: uno que se fue y otro que vendrá. Dos mundos imaginarios, porque no existen. Ni uno, ni otro. Existieron y existirán, pero no existen.

De uno tenemos imágenes, olores, vida vivida, sensaciones, sonidos, sonrisas y lágrimas, llanto, dolor, alegría, pena. Tenemos recuerdos.

Del otro no tenemos nada; solo, vida por vivir.

Pero ambos marcan nuestro presente. Ambos nos modelan y moldean. Ambos decoran nuestro aquí y ahora. 

Luchamos por no vivir lo que fuimos, por no vivir lo que seremos. Luchamos por vivir lo que somos. Y no dejar pasar. Entendemos que lo más importante del camino no es la salida ni la llegada. Es el camino en sí, más aún cuando el camino es de un solo sentido y sin paradas. Pero es muy difícil, dificilísmo, porque cuesta mucho esfuerzo quedarse en la tristeza cuando se escuchan cantos de sirenas felices a todas horas. El pasado nos llama a voces. El futuro se presenta sin avisar, casi sin dar opciones. ¿Cómo quedarse en el vacío de un presente sin vida? ¿Cómo elegir la hiel, entre mieles y azúcares? Tuvimos un pasado feliz y esperamos un futuro pleno. ¿Cómo pedirle a tu corazón que se quede en la oquedad del instante que vive?

Por eso necesitamos de todos. De toda nuestra gente. Porque necesitamos mucho presente a nuestro alrededor. Muchas historias cotidianas. Muchas cosas con poca importancia, que nos devuelvan a la vida y que no nos permitan deambular por mundos huérfanos. Una comida familiar para hablar de cosas menos importantes, un cafelito con nuestra gente necesaria, un sábado con los amigos de siempre. Es solo llenar el presente, aunque sea un poquito. 

Claro que sí. Claro que hay licencia para recordar. Claro que hay licencia para imaginar. Pero sabiendo que recordamos y que imaginamos.

Estad tranquilos. Lo llevamos bien, porque somos los más afortunados del mundo. Nos lleváis en volandas, dejándonos el espacio que necesitamos. Sabemos lo duro que es esto para todos vosotros, también. Imaginamos lo difícil que debe ser para todos los que nos rodean; la de preguntas que debéis haceros, propiciadas seguramente por nuestra forma hermética de ser. No es nada personal, simplemente, somos así.

Pero no lo dudéis, gente. Lo estáis haciendo de puta madre. Estamos todo lo bien que se puede estar en esta situación, en gran parte, gracias a todos vosotros. Padres, madres, hermanos, cuñados, familia y amigos; seguid ahí y así. Pronto volveremos a ser los de siempre. Pronto nuestra vida será menos pasado y más presente con destellos felices de imaginación. Solo es cuestión de tiempo y paciencia. Sabemos que la tenéis, por eso, quizás, abusamos de ella.

Besos a todos.
Os queremos mucho, 
os necesitamos mucho.
¿Cómo no?.
Lunes, 11 de abril de 2.011

29 de marzo de 2011

Conversaciones inacabadas para vidas en construcción

¿Se puede dejar de pensar en algo? ¿Nuestro cerebro es un órgano voluntario o invontulario? ¿Se parece más a mis dedos, que puedo si quiero dejarlos quietos, o más a mi corazón, o a mi páncreas, o a mi hígado, que funcionan involuntariamente? ¿Cómo se sale de un pensamiento? ¿Cómo se deja de cantar una de esas canciones que se meten en la cabeza y que involuntariamente repites hasta la saciedad? ¿Cómo?

No sé hasta qué punto pensar es voluntario. No sé hasta qué punto puedo dejar la mente en blanco. Nunca supe qué significaba exactamente esa expresión, porque nunca supe si nuestro cerebro deja alguna vez de pensar o está 24 horas funcionando.
¿Y las emociones? ¿Se puede controlar lo que se siente? ¿Puedo pasar de la alegría a la tristeza voluntariamente? Ahora estoy triste, ahora alegre. ¿Puedo dominarme?

¿Mi opinión? Pues... creo que podemos controlarnos mucho más de lo que creemos. Que puedo pensar en positivo mucho más de lo que pienso y que puedo elegir ser feliz entre tristeza. Verás, básicamente creo que la dejadez te lleva al descontrol. Es decir, si no luchas, si te dejas llevar, tu cerebro te controla a ti, en lugar de controlar tú a tu cerebro. Y tus emociones caminarán con la tristeza como esa Roma a la que llegaban todos los caminos en la antigüedad. Eso creo. Y eso es lo que no permito. 

Cuando los motivos de tristeza son inamovibles y no puede hacerse nada, te quedan dos opciones: ser/estar triste o luchar por ser feliz. Si dejas de hacer, si no luchas, llevarás una vida triste con matices de alegría. Si te lo propones, si luchas por ti y por los que te rodean, quizás, seas capaz de llevar una vida feliz con matices de tristeza. Se puede intentar.

Yo no soy el mismo. Ni tú eres la misma, comadre. No lo seremos nunca. Pero es que, además, seguramente, aún nos queden varios episodios de tristeza por delante en nuestra vida. Seguramente, el hecho de vivir lleve aparejado una serie de sucesos desagradablemente tristes. Claro que la crueldad de lo vivido no puede compararse casi con nada. Pero no te autocomplazcas. No pierdas tiempo en darte pena, porque entonces se la darás a los demás. Y eso no. Que nadie sienta pena por nosotros, Margari.

Nos ha pasado lo peor que le puede pasar a una persona, a un padre, a una madre. Y ahora podemos quedarnos llorando y dándonos golpecitos en la espalda o salir más fuerte de esto y con otra visión de la vida, con lo importante por bandera, con lo nimio en la cola. Podemos entrar en ese círculo vicioso de pensamientos viciados, que te llevan de la mano a la tristeza, a la desgana, a la apatía, al llanto, al insomnio, a la autocomplacencia, al "por qué a mí", al sufrimiento. O lo rompemos. O luchamos contra nuestro cerebro y contra nuestras emociones. Y gritamos que aquí estamos nosotros, que iremos y buscaremos esa felicidad.

Viviremos una vez, comadre. No sabemos hasta cuándo. No perdamos el tiempo en lamentaciones que solo sirven para poner trabas en nuestro camino. Luchemos contra los infortunios, contra las injusticias. Y hagámoslo con una sonrisa en la cara y de la mano, como siempre hemos hecho. No tengas miedo en caer, que pa´eso está tu compadre. Ya sabes que siempre guardo fuerzas para ti. Caer es normal y está permitido, a nosotros más que a nadie. Pero no dejes de levantarte nunca, sacudirte el polvo y fijarte en tu horizonte. Búscalo. Imagínalo y dime que allí no está tu Pablo con su padre, y tus compadres. Míralo bien, que seguro que te gusta. ¿Te lo vas a perder por no intentar alcanzarlo? El camino será duro, pero la recompensa será el propio camino. Por eso es nuestro horizonte.

Comadre, la única forma de no sufrir en esta vida es morirse el primero... y yo prefiero dar mucha guerra por aquí, que aún me queda mucho más que disfrutar. Mi vida será feliz, aunque con matices de tristeza. Así lo elijo y por ello lucharé y confío en que tú lo hagas conmigo, para seguir enseñándome las cosas importantes de la vida... quién mejor que tú. 


Los maestros somos los primeros que necesitamos buenos maestros y yo encontré la mejor.

¿No crees que se lo debemos a Alex y a Samuel? ¿O no lucharon ellos?

A mi comadre, 
que la quiero mucho, 
porque saca lo mejor de mí.
Martes 29 de marzo de 2011

10 de febrero de 2011

Cada día 25. Cada día 10.

Las efemérides que nos recuerdan momentos tristes no me afectan. Nunca lo hicieron. Sin embargo, las efemérides de acontecimientos alegres e importantes para mí, me encantan. Disfruto celebrando los 10 años del ascenso a preferente en Aznalcóllar,  el cumpleaños de mi gente, mi aniversario. Porque me transportan hacia un momento feliz, hacia la alegría, hacia la sonrisa inevitable, hacia uno de los sentimientos más bonitos que puede identificar una persona, hacia una de esas imágenes que veré el día que toda mi vida tenga que pasar por delante de mis ojos, cuando me toque dejar el hueco a otro.

Hoy es 10 de febrero y me siento igual de triste que ayer, 9 de febrero. Porque no puede caber más tristeza en mi interior. Y es que no concibo qué podría hacerme una persona más triste. No me influye que hoy se cumplan 5 meses desde la muerte de Samuel.

Sin embargo, cada día 25 sí me sucede algo especial. Sí se remueven esos momentos de quirófano; ese beso a mi señora, aún dolorida por tanto esfuerzo; esa salida buscando a los familiares con lágrimas en los ojos para anunciar lo bien que había ido todo, para enseñar la primera foto de Samuel. Se remueven esos recuerdos en mí y salen más a flote que nunca. Y lo revivo todo. Y resiento toda aquella felicidad que aventurábamos, como ese niño que se dirige al puesto de algodones en la Feria... todo por disfrutar.

¿Dónde estarán aquellas fotos que no haremos en el parque de las palomas?

Duele más la ausencia de alegría que la presencia de tristeza.

"¿Adónde irán los besos
que guardamos, que no damos?
¿Dónde se va ese abrazo si
no llegas nunca a darlo?"
¿Adonde irán los besos?
Victor Manuel
Jueves 10 de febrero de 2010.