Treinta y seis escalones de lucha desaforada entre alegría y tristeza , de compañía en la más mísera de las soledades, de miedos insospechados, de recuerdos grabados a fuego.
Treinta y seis escalones que nos han visto querer, llorar, reír, luchar, callar, abrazar, mirar, compartir, preguntar, y esperar y esperar y esperar. Treinta y seis escalones que han sido capaces de oír el silencio de varias almas que protestaban incrédulas al unísono, que han sido testigos de la simplicidad de la amistad, de la generosidad más sincera, del comportamiento más autómata.
Treinta y seis escalones que han presenciado, segundo a segundo, a unos padres sencillamente invencibles, inmejorable espejo en el que mirarnos algunos novatos.
Treinta y seis escalones que a algunos nos han ayudado a comprender que la vida es incomprensible y a amaros aún más de lo que estas palabras o cualquieras otras pudieran llegar a expresar.
Treinta y seis escalones de unión que ya no podrán ser nunca desandados.
A José y Margari.
Que siempre nos marcan el camino
Lunes 07 de diciembre de 2009