6 de febrero de 2022
Leo 5
18 de enero de 2022
25 años de un beso.
Hace veinticinco años que el amor, en su versión más pura y limpia, sin macula ni maquillaje, sin disfraz que lo camuflase, hizo camino al amar.
¿Recuerdas? Aquel 18 de enero solo fuimos tú y yo... En tu calle, pero cualquier sitio hubiera servido. Mis brazos cruzados refugiándome del frío, era de noche. Tus brazos cruzados también, guardando el calor. O quizás no. Quizás, simplemente guardábamos amor, acumulábamos amor. A mansalva. A caudales. Como ese cohete que enciende motores y calienta antes del despegue. Como esa botella de champán que, agitada, acumula presión antes de eclosionar. Llenar el depósito para poder compartirlo instantes después con toda su hermosura, con toda su grandeza, en todo su esplendor. Porque, como el cohete, como la botella de champán, el amor es inaguantable. El mío. El tuyo. El nuestro. Y rompe cualquier cortedad, timidez, cualquier miedo. Nada puede al amor puro que nace en un beso. Como fluye la lágrima cuando es necesaria y sana el alma. Como sale la sonrisa cuando va cargada de ternura. Como se eriza mi vello cuando me miras con esa sonrisa contenida que destroza cualquier resquicio de fortaleza en mí (y cuando me tocas en la cama con tus pies fríos, ahí también se me eriza el vello).
Pero volvamos al momento. El amor dentro. Acumulado. Creciente. Haciéndose fuerte. Tú desatando tus nudos, dominando la partida, como quien va de mano con el seisdoble. Segura, con la red de mi corazón en mi garganta. Tus codos sobre mis brazos, entonces. Silencio. Quietud. Instante. Miradas. Ya preparados. Somos tú y yo. Nos acercamos. Cerramos los ojos. Y el beso. Nosotros.
Te quiero tanto, esposa mía.
18 de enero de 1997.
18 de enero de 2022.
"...celebro una vez al año
El aniversario de un beso".
(Por eso. Ecos del Rocío. 1991)
Martes 18 de enero de 2022
24 de diciembre de 2021
Todos tenemos un diciembre al que volver.
Volvería.
Siempre.
A diciembre.
A Pío XII. A los villancicos. A las discusiones familiares por aquellos versos de "Camina la Virgen Pura". A la guitarra de mi primo Antonio y mi primo Dani, a cantarme "Soy Libre" con mi tío Jesús. A escuchar a mi padre por Los Hermano Reyes, a mi Canija por La Niña Pastori y "La Malena" en la prodigiosa garganta de mi tía Paqui (¿se puede cantar mejor?). Volvería para resentir a mi prima Marijose por Estrella Morente, a mi tío José Manuel dándole flamencura a Machín... "¡se enamoró un pobre bardo!", para cantarle a mi hermana Úrsula "¡Bonita y triste a la vez...!" y, sobre todo, volvería a ti, abuela. A sentirte, a tus 200 pesetas bajo cuerda, a tu voz rota mientras interpretabas "se le ha antojao a la virgen la rosa más bella...", tu villancico.
Cómo no volver.
Siempre.
A diciembre.
Si diciembre sabe a familia en composición.
Volvería, de nuevo, al sonido de aquella cerradura que abría la puerta de mi casa, abriendo también la esperanza, cediéndome permiso para cobijarme en la mirada de mi mujer, introducirme en su pecho y hacerme pequeñito allí, mientras dejábamos crecer al amor, ¡el amor!... "tiempo detente, que es tan grande el consuelo que mi alma siente". Y cerrando tras de mí la negrura, alejando tinieblas.
Volvería a ese sentir que me dio la vida. A aquellas lágrimas sobre el hombro de mi padre, en la entradita de mi casa. A las lágrimas de mi madre mientras nos abrazamos. Ella que merece todo lo bueno. Yo que pude dárselo aquella tarde-noche. En el sofá de mi casa. Ahí, detendría el tiempo.
Y volvería a aquella Nochebuena de brindis por la vida en familia, a aquella Navidad del anuncio de la vida con palabras en media lengua naciendo. Porque no hay mejor motivo para brindar que lo bueno por venir, que la esperanza de lo aun no vivido.
Incluso a aquellos diciembres que todavía no llegaron, pero llegarán.
Diciembre. Siempre diciembre.
10 de septiembre de 2021
Otra vez 10 de septiembre
Y ya van once. Uno tras otro. Pasan días casi inadvertidamente, entre recuerdos e imaginaciones, entre realidades y fantasías, entre lo que fue y lo que nos gustaría que hubiese sido. Y mientras, aprendiendo a jugar la vida. Y durante, viviendo.
Y en ese transcurso del tiempo, un día el espejo parece hablarte y te dice: "¿Llorar? ¿Para qué?" Y entiendes que la inmensidad de tu pena no depende de lugares ni de decorados. Que la pena infinita, pena infinita es y será. Comprendes que tendrás que enfrentarte a pasear viendo madres dando de mamar a sus hijos cuando el tuyo ya no lo hará jamás, viendo padres balanceando columpios en parques llenos de risas ajenas, cuando jamás conocerás el sonido de la carcajada de tu hijo. Una felicidad puesta ahí, entre tu pena, rodeándote, acorralándote incluso, incomodándote por lo impertinente de su coexistencia, pero necesarias y oportunas para ellos.
Y arrancas con el piloto automático encendido, deambulando por una vida que poquito a poco empieza a ofrecerte pequeños destellos de luz, aunque aun no te sientas preparado para disfrutarla. Porque el tiempo relaja la intensidad de los momentos y, a la par, ofrece oportunidades para la introspectiva, para poner palabras al sentimiento e intentar aprender a jugar la vida de nuevo, con reglas diferentes.
Y en esa introspección llena de soliloquios descubres matices aún por definir en tu boca pero ya sentidos en tu pecho, que siempre va por delante en esto de jugar a vivir. Y te preguntas de nuevo ¿Por qué sonrío si no debería? ¿Te traiciono si empiezo a ser feliz, hijo mío? Y lloras por dentro ¿¡cuántas veces van!?; lloras porque necesitas estar triste y no lo estás tanto como se presupone ¿¡Quién!?
Apareces así otro día menospensado en el mismo espejo. Y te miras intentando reconocer lo que un día fuiste, intentando no darte lástima para no darla a nadie. Eso no. Eso nunca. Y te hablas. Y luchas por convencerte. (¿saben una cosa? Convencido estoy de que a veces, más de cuatro veces, antes del convencimiento viene la palabra). Te autoconvences. Un padre que entierra a su hijo ha sufrido quizás el palo más duro que la vida puede darle. Ese padre, ése, merece ser feliz más que nadie. Sonreír y sentir. Porque ser feliz en la tristeza es necesario y conveniente. Y merece la pena. Porque la felicidad no se espera: se busca, se conquista, como la sonrisa de una mujer bonita...
...como tu sonrisa, esposa mía, aunque sea con el dulzor efímero de una rosa de chocolate.
14 de agosto de 2021
Paola 10
Esta niña parece que sabía que en esta casa necesitábamos sonrisas, decía tu madre cuando sonreías y por arte de magia todo huía cobardemente por la ventana. Eras tú, rubia mía, hace hoy diez años, pomada que sanaba el alma. Era tu sonrisa, tu mirada, tu viveza, tu pillería, tu inocencia... nuestro salvavidas.
Por eso, a veces me pillas mirándote sin más intención en mí que protegerme, y vergonzosa, desvías tu mirada. Tú no lo sabes, pero sobre tus espaldas cargaste la responsabilidad de hacernos feliz durante mucho tiempo. Solo necesitábamos posarnos en ti y verte sonreír, verte jugar, verte dormir, verte estar. Y, abrazados tu madre y yo, en quietud, suspirábamos entrecortados. Que no te roce ni el aire.
Feliz cumpleaños, rubia. Te debo toda mi vida.
Y permíteme la licencia de pedirte que me dejes mirarte cada día, que yo sigo necesitando ir a todos esos lugares a los que tu presencia me lleva. Aunque mi deuda crezca.
Sábado 14 de agosto de 2021
1 de agosto de 2021
Martín 7.
- ¡Papá, he crecido esta noche! - Me dices con tu sonrisa mellada y la bendita inocencia de esa mirada llena de amor que siempre me profesas. Y me lo dices como si crecer fuera oportuno, como si la esfumación paulatina de tu inocencia mereciese una celebración.
Mi egoísmo lo niega. Yo, el padre, lo niego, lo detesto, me aterra. No crezcas más, rubio mío, por favor. Quedémonos ahí, en ese abrazo cuando llego a casa. Siempre. Eternamente. Llenos de amor mutuo y admiración compartida.
Deja que me quede siempre reposando en ti.
Felicidades, tunante.
¡¡Te quiero!!
Domingo 1 de agosto de 2021
