1 de agosto de 2021

Martín 7.

 - ¡Papá, he crecido esta noche! - Me dices con tu sonrisa mellada y la bendita inocencia de esa mirada llena de amor que siempre me profesas. Y me lo dices como si crecer fuera oportuno, como si la esfumación paulatina de tu inocencia mereciese una celebración.

Mi egoísmo lo niega. Yo, el padre, lo niego, lo detesto, me aterra. No crezcas más, rubio mío, por favor. Quedémonos ahí, en ese abrazo cuando llego a casa. Siempre. Eternamente. Llenos de amor mutuo y admiración compartida. 

Deja que me quede siempre reposando en ti.



Felicidades, tunante. 

¡¡Te quiero!!


Domingo 1 de agosto de 2021

25 de junio de 2021

25 de junio. Confieso

Confieso que aún lloro. Y que lo hago a solas. Que cojo mi intimidad y me alejo, con el único propósito de celebrar mi momento sin interferencias, de conectar y purificarme, de recargarme saboreando tu recuerdo. Y que me gusta pensar que ese momento no es mío, que es nuestro. Confieso, también, que sentir así me recoloca, por si alguna vez tuve, tengo o tuviese la impropia tentación de errar el sentido de alguno de mis pasos. Peligroso camino que pudiese desviarme de lo auténtico. Confieso, casi convencido, casi intentando convencerme, que hoy, 11 años después, el día de tu no cumpleaños, enano, no imagino un mundo diferente al de ahora, no me castigo con lo que no ha sido. Confieso que estoy a punto de conseguir poner por delante la felicidad de lo vivido y dejar al fondo la tristeza de lo robado.

Hoy volveremos a no cantar cumpleaños feliz por undécima vez. Pero volveremos a recordar que tu amor creó una preciosa familia que transita feliz sin dejar de pensar en ti ni un solo día. 

Y confieso, sobre todo, ante todo, que lo que más me gusta, que de lo que más orgulloso me siento es de escuchar tu nombre en los labios de tus hermanos, con ese matiz especial que solo ellos saben darle. Y ahí, henchido, quedo satisfecho.




Felicidades, enano.

Al amanecer el día,
cojo mi barca y me alejo.
Sin más faro ni más guía
que el sabor de tu recuerdo.
(Mi Pobre Vida. Hermanos Reyes)

Viernes 25 de junio de 2021

17 de marzo de 2021

14

Cuando el amor no se elige es porque el amor ya ha elegido. Y ya solo puedes ganar si te dejas vencer. Y así lo hago mientras vivo. Poco a poco. Ilusión a ilusión. Caricia a caricia. Susurro a susurro. Beso a beso. Sonrisa a sonrisa. Paisaje a paisaje. Paso a paso (para nunca llegar a ese horizonte nuestro que nos marca y guía pero que constante se mantiene a cada paso). 

Es el deseo de aquella pasión a escondidas, es la vida que aún nos falta por recorrer, es adornar con nuevos ornamentos nuestros lugares comunes, es la animosidad de lo novedoso, la sorpresa de lo definitivamente transitorio, la búsqueda de cada trocito del todo.

Desear y desearte canallamente, morena mía; fracasar en cada intento de esculpir lo que no fue ni será. 

Es asumir la penetración de un tequiero que solo debe ser y que no debería, ni siquiera, nunca, estar.

Te quiero tanto...

17 de marzo de 2007
17 de marzo de 2021

Miércoles 14 de marzo de 2021

6 de febrero de 2021

Leo 4

Cuatro años de sonrisas desperdigadas por cualquier rincón de casa, de salpicaduras de sinvergonzonería e inocencia mezcladas a partes iguales, que me dirigen inevitablemente a ese lugar común donde convergen el amor, la admiración, la pasión y el miedo. A ese lugar donde soy derrotado por esos ojillos que hablan mas que miran, que me cautivan, que me calman, que me curan.

Cuatro años desde aquella bonita cuarta primera vez, en la que la vida empezó de nuevo para todos nosotros. 

¡Te quiero tanto, granuja!
Felicidades.

Sabado 06 de febrero de 2021

18 de enero de 2021

24 veces te quiero.

Empieza el amor sin previo aviso. Chispa que salta, viajante introspectiva. Queda ahí sujeto, preciso, anclado.

Entonces aparece un primer "tequiero" en mis labios. Así, irrompible, inseparable, que mejora el silencio que nos habita. Un primer "tequiero" que fue mío en inicio pero que ya te pertenece y en tu pecho arraiga, pervive, sujeta.

Y de la mano, una rosa roja, dos rosas rojas, tres, cuatro, cinco, seis... once rosas rojas. Una rosa blanca. Veintitrés rosas rojas. Dos rosas blancas. Flores que me disparan tu sonrisa y tu mirada con certera puntería. Desarmado, entonces. Bandera blanca. Me rindo. Eres mi causa y consecuencia. Y todo así, despreocupada. En ti no parece hallarse intención, ni prisa; en mí, todo es bullicio. 

No sabíamos nada, porque nada hicimos sabiéndolo todo. Ayer. Hoy. Mañana.

Te quiero tanto.

24 veces te quiero. 

18 de enero de 1997.
18 de enero de 2021.

Dos rosas blancas.

31 de octubre de 2020

Sobre octubre, el fútbol y sobre ti, mi Samuel.

El otro día, mientras hablábamos camino al cole, en el coche, mi mediano, mi Martín, reflexionó en voz alta:
- Papá, si Samuel viniera también al cole tendríamos un lío.
- ¿Si el hermano estuviera vivo?
- Sí, porque en el coche no cabemos. 
- Pues Samuel iría delante - saltó Paola. - ¿No, papá?
- Sí, claro, Samuel sería el mayor, con 10 años, y tendría que ir delante porque si están todos los asientos de atrás ocupados, el hermano mayor puede ir delante.

Pistoletazo de salida a la imaginación. Vuelo. Trazo. Dibujo realidades en el aire que no fueron, un octubre de 2020 paralelo, un mundo de fantasía... precioso, bello, perfección absoluta. Sin embargo, aquella estampa de irrealidad estaba, además, incompleta; faltaba en aquella película rodada en mi cabeza un detalle importante: la carita de Samuel. 

La muerte de tu hijo te roba el futuro y con él mucho presente que aún no ha llegado. Samuel murió con dos meses y medio y ahí quedó su carita de bebé risueño para siempre en mi memoria. Una carita tan bonita y expresiva como inmodificable. Ese es mi Samuel. Inconscientemente, cuando pienso en él, cuando vivo su vida en mí, lo sigo meciendo en mis brazos. La muerte te roba el futuro porque la muerte fotografía momentos para siempre. Y eterniza recuerdos estáticos en la memoria. Las personas que solo recuerdas no envejecen. Y ahí quedan en ti. Y así quedó mi hijo en mí. Con dos meses y medios, con El señor don Gato de banda sonora, con su aroma a Nenuco recién duchado, en su columpio meciéndose y con un ajó en sus labios.

Y permaneció impasible, en suspensión. Recuerdos que no se crearon y desde entonces flotan sin dueño a la espera de unos ojos donde parasitar, recuerdos, no obstante, que quedaron por venir (Martín Lucía dixit). Octubre se vestía con ropa prestada de tristeza, de melancolía, de impotencia, de rabia y enfado.

Pero octubre siempre supo a alegría, a buena nueva, a vida en crecimiento. Y siempre, incluso los octubres sin ti, cobijaron bonitos recuerdos aun bañados de necesaria nostalgia. 

Y así terminó. El domingo pasado, en Tomares, frente al Camino Viejo, pude reponer un poco de esa tristeza gastada y transformarla en bendita alegría. Un gol de este muy veterano pero peterpanesco futbolista que sigue paseando esta bendita ilusión y enfermedad con la mayor honradez y dignidad que puede, luchando cada ratito con mi corazón (y el tuyo) en mi mano, disfrutando cada momento que la vida y el verde me regala. Un golito por ti y para ti, enano. Y una recarga plena para mí. Y que venga la vida, con sus octubres, con sus diciembres, con sus junios, con sus febreros, con sus septiembres también. Que aquí la espero.

Once años después de que llenaras todos los lugares que desde entonces pisamos vino la vida y... la viví. Como tú me enseñaste a hacerlo. 

Lunes 26 de octubre de 2020

10 de septiembre de 2020

Diez años del día 10.

Hoy me apetece contar cómo fue aquel verano compartido. 

El 25 de junio nació Samuel, 2010 era el año. Estuvimos ingresados en el Hospital Macarena unos 4 ó 5 días, hasta que los médicos vieron el momento de trasladarlo a la UCI de Neonatos del Hospital Virgen del Rocío. El traslado fue al mediodía, en ambulancia él, yo en coche, con mi hermano, persiguiéndola por calle Torneo, Arjona, Paseo Colón, Las Delicias, La Palmera y girando a la izquierda hacia el Hospital. Recuerdo aquella persecución con mi hermano perfectamente. Puedo revivirla sin problemas. Recuerdo, sobre todo, mi intranquilidad y los silencios. Samuel en la ambulancia, bien cuidado claro, pero separado de mí. ¿Qué nos esperaba?

La UCI del Virgen del Rocío estaba llena de grandísimos profesionales, desde enfermeras y auxiliares a médicos. El plan era ponerle su medicación diaria, ver que Samuel respondía con estabilidad en sus constantes, plantear con el cirujano el momento óptimo de la operación y el camino hacia ella, y marcharnos a casa. Y así fue. Unos días después, supongo que unos 8 ó 10 tras el ingreso, nos fuimos a casa. 

Ya solo teníamos un plan: disfrutar de Samuel, claro, pero sobre todo que Samuel disfrutara de sus padres. Ofrecerle nuestra mejor versión. Merecía más que nadie unos padres felices y plenos. Fue una gran decisión. Era principios de un julio muy caluroso, muy parecido al de este año. Nos puteó aquello. Pasamos muchos días encerrados saliendo solo rondando la medianoche, buscando el fresquito que nunca aparecía. Claro que hubo momentos de agobio. Muchos. Todos tenían que ver con el miedo y la incertidumbre que nos acecharía. Pero también hubo mucha normalidad, muchas sonrisas, mucha felicidad.

La segunda quincena de agosto vino con nubes menos claras, con monstruos acechando en el armario, esperando momentos de debilidad. Volvimos al hospital. Samuel fue ingresado, en planta primero, y en UCI después. La mañana del 1 de septiembre sería la operación. Todo estaba hablado y preparado. No era el plan inicial, era pronto para operar, sobre todo por el poco peso de Samuel, pero ya era muy peligroso retrasar el día de la intervención, porque por mucho que fuese retrasada no ganaría peso suficiente que diera más posibilidades de éxito en quirófano. Sin embargo, no pudo ser. El día 1 amaneció Samuel con fiebre y no se daban por tanto las condiciones idóneas, así que se retrasó todo. Sin fecha en principio, quedó finalmente planificada para el día 8.

El calendario no entiende de nada. Sigue su curso siempre, de manera constante e imperturbable. Eso dicen. Aquella semana, sin embargo, parecía que no corría ningún reloj, que las hojas del calendario se agarraban a la pared sin intención alguna de morir arrancadas. Era temor de que alguna fiebre nueva apareciera o cualquier otro síntoma que no permitiera la intervención, que no ofreciera la oportunidad a nuestro hijo de que su corazón fuera corregido para siempre. Afortunadamente, todo fue relativamente bien. El día 8 llegamos temprano al Hospital para dar un besito a Samuel antes de su entrada en quirófano y para recoger nuestra dosis positiva, para recoger ánimos, fuerza y paciencia. Porque teníamos miedo. Miedo e impotencia. Pánico a lo incontrolable, a lo que no está en tus manos. 

La operación duraría aproximadamente 5 horas, pero no fue así. Se alargó eternamente. Fueron unas 8 ó 9 horas en quirófano, sin noticia alguna, hasta que fuimos llamados. Me temblaban las piernas subiendo la escalera. Me agarraba fuerte a la mano de mi mujer, sintiendo que de su mano no podríamos recibir malas noticias. Mi mujer, mi amor, mi escudo. El doctor nos explicó las complicaciones: tras corregir la malformación, tras volver a conectar todo y permitir de nuevo que la sangre circulara por el corazón reformado, todo "se rompió" lamentablemente. Por decirlo vulgar y literalmente;  saltaron las costuras. Tuvieron entonces que reoperar a Samuel. Empezar de nuevo. Vaciar el corazón de sangre, descoserlo y volverlo a coser. Samuel resistió. Samuel tenía los cojones muy gordos y muchas ganas de vivir. 

El posoperatorio fue bien. Muy bien, incluso. El cirujano, el doctor Hosseinpour, salió a buscarnos para contarnos las buenas noticias: habían incluso quitado algunas medicinas a Samuel, que ya era capaz de ir respondiendo solo, sin ayuda de fármacos. Mi mujer y yo cenamos esa noche tranquilamente en el Sloopy de Reina Mercedes. Cansados. Con felicidad contenida. Una cena de charla y miradas. De caricias. De manos entrelazadas. De sonrisas tímidas. No era felicidad definitiva, simplemente vivíamos el momento.

El día siguiente, 9 de septiembre, llegamos de nuevo temprano, para la primera visita de UCI. Allí empezamos a notar situaciones raras. Volvían medicinas que ya habían sido quitadas. Volvían pitidos, luces intermitentes, médicos intranquilos, enfermeras con gesto serio ante nuestra necesidad de saber. No encontrábamos miradas cómplices en aquellos ojos huidizos de quien intuye más de lo que debe decir. El día fue duro. Muy duro. Porque era ese día en el que ves que todo se desmorona, y ni quieres creértelo ni puedes hacer nada. Por la noche, una doctora que hacía guardia nos dijo que la situación estaba realmente complicada, que nos fuéramos a casa, pero que no apagáramos el móvil. Aquella frase fue un puñal directo. Fue una noche larga, de mucho techo, de mucho reloj de mesita de noche. 

Cuando llegamos el día 10, tal día como hoy hace 10 años, nos encontramos por el camino al Dr. Hosseinpour. No se explicaba qué estaba pasando y quedó en que nos daría una explicación cuando la tuviera. Mientras... el día pasaba. Teníamos cada vez más seguridad y menos esperanza. Y en la visita del mediodía llegó la certeza. A Samuel le habían puesto un calentador de aire. La experiencia nos decía que era el último paso antes de la muerte. Además, mientras estábamos con él, saltaron todas las luces y alarmas de sus máquinas. Nos sacaron de la UCI, consiguieron estabilizarlo y un doctor nos llamó a su despacho: "Samuel no va a salir de esta". Frase literal. Solo logré preguntarle si podríamos donar algún órgano. Hubiera sido maravilloso para nosotros. Pero tampoco pudo ser. Le dimos las gracias y salimos a abrazarnos con nuestra familia. Al rato hablamos con el docto Hosseinpour largo y tendido. Nos contó que Samuel tenía una segunda cardiopatía, camuflada en los síntomas de la primera, una cardiopatía por sí misma muy grave y mortal. Y nos puso en el camino correcto para la remontada. Ya solo quedaba que la vela se apagara, que su corazón dijera basta.

Y así fue. Samuel nació el viernes 25 de junio a mediodía y murió el viernes 10 de septiembre de 2010 a mediodía. Once semanas exactas. Una vida resumida en 77 días. ¡Cuánta injusticia! Llanto, rabia, dolor, tristeza, nostalgia, orgullo, todo envuelto en un amor que crecía casi sin darnos cuenta.

Fuimos tremendamente felices con él y estuvimos a la altura de lo que la situación requería. Gracias, siempre, a nuestra gente necesaria. Y en parte también, por supuesto, a cada mensaje de ánimo, a cada gesto de cariño recibido. Todo sumó mucho. Todo fue muy valioso. 

Samuel nos hizo diferentes, mejores, y nos dio mucho en qué pensar. Espero pasear conmigo, siempre, dignamente, su memoria.

Sé que vivirá siempre que alguien lo recuerde. Y ese, solo ese, es el sentido de estas líneas: que siga viviendo en mí y en cada uno de vosotros.

Disfruten, amen y sientan. No hay más.


Jueves 10 de septiembre de 2020